El pozo estaba en algún lugar entre los yuyos. A eso, todos lo sabían. Lo que nadie sabía era exactamente dónde, como si alguien lo hubiera perdido por allí. Nosotros caminábamos como si nada, como si no hubiera yuyos, como si no hubiera pozo.
Ella me contaba que ya no vivía nadie en esa zona. Las pocas casas de los alrededores estaban desiertas y ruinosas, como si hubiese explotado una bomba atómica y la radiación los hubiese matado a todos. O, mejor, como si el pozo se hubiese tragado el pueblo entero para escupir las casas como semillas de sandía.
Eso es lo que ella me contaba mientras caminábamos. Que de vez en cuando alguien desaparecía en aquel campo, como si hubiese caído al pozo. Exactamente así. Yo asentía en silencio, pensando en otra cosa, en el contacto de su mano, en su sonrisa, en su voz dulce, cargada de entusiasmo, como una víbora de cascabel.
Así, enredados en algo parecido al amor, se nos fue la tarde. Dejó de existir. Como si el tiempo los disolviera, desaparecieron el campo, los yuyos, el pozo, su sonrisa, su voz, su mano, la mía. Nosotros.