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sábado, 13 de febrero de 2010

Viaje

Buenas amigo, perdone Ud. la molestia, ¿sabría decirme dónde tomo el colectivo que va a Villa Rivera Indarte? Aha, o sea, a ver si le comprendí bien: dos cuadras más y en la vereda del frente. Eso es. Ah, no, Villa Allende no. Villa Rivera Indarte. ¡Epa, cuidado, hombre, cuidado! No se me vaya a caer. Eso es. Agárrese de acá. Ahí estamos. Entonces, retomando, es para el otro lado. Dos cuadras, pero para el otro lado. Sí, entiendo. No el N1 sino el N3. Eso es. Bueno, muy amable, muchas gracias. Que tenga Ud. buen día. Qué hombrecito más amable. Debe haber vivido mucho tiempo por acá. Aunque un poco sordo, creo que se conoce las esquinas del barrio tanto como las arrugas de su cara.

Entonces, a ver, dijo dos cuadras. Acá estamos. Y justo ahí viene el N3. Qué servicio eficiente. Ni cinco minutos de espera y ya tengo un colectivo buscándome. No sé si debo llamar suerte a esto. Aunque creo que va un poquito lleno. Pero bueno, la suerte, como la felicidad, también es incompleta.

Permiso, buenos días caballero. Aquí tiene. ¿Cómo? ¿No son tres cospeles? Ah, es que este no es el servicio diferencial. Claro, disculpe usted. Aquí tiene entonces el cospel. Me guardo los otros dos para el viaje de vuelta. Sí, sí, que ya avanzo, lo que pasa es que está bastante lleno y está difícil avanzar. Disculpe otra vez.

Pero che, está bastante lleno esto, ¿eh? Bueno, paciencia viejo, a ver, si la gente se va corriendo nos iremos metiendo un poco más adentro de esta carbonada. Carajo, ni que fuera una empanada gigante. Pero che, ni un asiento libre. Cuidado con el paquete y paciencia viejo, paciencia.

Y el colectivo lleno, che. Y las ventanas empañadas por el calor de adentro y por el frío de afuera. Pero veo afuera. Veo los carros. Y esos carros en la calle. Qué recuerdos. ¿Te acordás, viejo, años ha, cuando íbamos de Susana a Angélica? ¿Qué era, 1949? El camioncito iba e iba, como tirado por unos burros jadeantes, lentos. Ni con zanahorias hubiésemos podido acelerar al camioncito. Los pistoncitos y los cilindros del motorcito se habrán movido seguramente como el viento y el sonido que emitían asemejaba a un son cubano. Las ruedas de madera, con cubierta de caucho y clavos que lo fijaban al arco de la rueda misma. ¿Era caucho? E iba. Y siempre había algún paisano que quería llegar a la 19 para ir seguramente a San Francisco. Y ahí nomás frenábamos y subían, siempre era uno o dos también. Tal vez alguna madre con el niño que iba del doctor. Y el fardo de heno atrás custodiado por el Tell. Y el mate adentro. Siempre verde y espumoso. Para charlar o para mirar al frente. Y el campo dorado sobre el horizonte y los sauces llorando a la vera del camino. Sobre los postes que sujetaban al alambrado, algunos pájaros. Y así se viajaba. Lento y tranquilo, siguiendo el ralentí del motorcito. Total el tiempo no apuraba. El tiempo no existía; yo no tenía reloj. Y no íbamos rápido. No al menos como este colectivo. A lo mejor el chofer está apurado por llegar a algún lado. Seguramente está apurado. Algo le debe pasar. Pobre hombre. Por como conduce debe tener alguna urgencia. Ya se ha pasado dos semáforos en rojo y los pasajeros, con cada curva que toma, se mueven como bolas de billar en una mesa desbalanceada u organizados como una bandada de gorriones en primavera. Depende de la curva, ¡qué lo tiró!

Carajo, con la última curva, creo que me hice daño el hombro. Casi me caigo. La muerte es sólo la suerte con una letra cambiada. Y encima no encuentro ningún asiento. Por suerte el bastón no se me cayó. Menos mal que el paquete con las facturas tampoco. Pero ya me empieza a doler la pierna. Otra vez. Vas a tener que volver del doctor, viejo. Y, ahora que lo pienso, tal vez no me ven por esos anteojos que llevan. Tal vez por eso ninguno de los pasajeros me ofrece el asiento. Igual no estoy tan viejo. Con la boina parezco más joven. El martes me afeito. Claro que con esos anteojos tan oscuros no deben ver nada. Esta juventud es tan rara, ¡qué lo parió!

Eso me hace acordar a otra noche. Estaba oscuro y hacía frío y siempre en viaje desde Susana a Angélica. ¿O era de Angélica a Susana?, ya no me acuerdo. Sí, tiene que haber sido el viaje de vuelta desde Angélica, porque volvíamos del bar del Aurelio. Habíamos ido después del día con Raúl a jugarnos un chupino y a tomar algo con Aurelio. Para variar, Raúl se tomó algunas copas de más e incluso se tomó también la molestia de subir una botella de caña al camioncito. Yo le dije que no Raúl, no viejo, que tengo que llevar el camioncito y no quiero tomar mientras manejo. Ya suficiente con el tinto del Aurelio. Pero la subió nomás. Yo puse en marcha el camioncito. Y Raúl destapó la botella. Total que nos bajamos medio envase y ya le pedí la botella y tuve que frenar al costado. Lo acomodé como pude debajo de un sauce. Y terminamos la botella. Y nos pusimos a hablar de Mercedes. Qué mujer y cómo caminaba. Si Aurelio se enteraba de que estábamos hablando así de su hija nos ajusticiaba con dos tiros en la frente. Y así nos quedamos a esperar a que saliera el sol o a que se nos pasara el golpazo de la caña. Lo que primero sucediera. Pero no golpazo como el que se acaba de pegar el chiquito de ahí atrás que gracias a una maniobra fiera del colectivero trastabilló y chocó con una señora. Decí que la doña tiene el culo grande, que si no, pobre chango.

Igual avanzo un poco, a ver, permiso, gracias, permiso. Y no hay asientos, la pucha. ¿Pero toda la gente viaja siempre en colectivo? Deberían dejar los colectivos para la gente que no tiene auto. Que no tiene auto y que es de mi edad. Bueno, que no tiene auto. Y además ya me joroba bastante la pierna y el paquete éste con las facturas ya me está estorbando demasiado. Entre el bastón, el paquete y yo que a duras penas me agarro de donde puedo, ya estoy con ganas de mandarlo a la mierda. A ver almas caritativas del Señor, ¿no hay acaso ninguno de estos jovenzuelos que quiera darme el asiento? Insisto además, no entiendo, que con la noche que avanza, qué hacen todavía con los anteojos de sol puestos. La semana pasada leí un artículo que decía que muchas personas usan anteojos de sol para ocultar algo en sus propios ojos. Algunos incluso ocultan miedo. ¡Ah! Tal vez por eso el general siempre llevaba puestos anteojos oscuros. O tal vez estos changos estén durmiendo. Claro, deben estar cansados por el día agitado que seguro han tenido. Está bien, que descansen. Ya van a crecer.

Muchacho, perdone joven, ¿este colectivo no va por la Recta Martinoli? Ah, ya le entiendo, luego dobla por Avenida Gauss y retoma Martinoli más adelante. Gracias chango. No, no se preocupe, siga leyendo nomás, que leer parado es muy incómodo. Total yo ya me bajo pronto. Encima, ¡me caigo y me levanto!, el único ñato que me ofrece asiento está leyendo. Cómo le voy a interrumpir la lectura, eso no se hace. Así vas viejo, con el bastón y estas facturas que más que facturas, con tanto movimiento, ya deben ser una especie de bollo azucarado.

A ver viejo, el papelito, ¿dónde está? A ver, acá está. Veamos, Manuel de Falla, Centro de Almaceneros, ya deberíamos estar. Disculpe niña, ¿se baja en la próxima parada? ¿Ha tocado el timbre ya? Gracias.

Veamos entonces, según el papelito, acá está, ya deberíamos estar. Viejo, vas a tener que ir del doctor más antes que después, la pierna me está jorobando demasiado y con este bastón no te podés hacer el valiente. No sos un mosquetero. Encima la calle y estas piedras sueltas, yo no sé quién carajo es el que está a cargo del mantenimiento de todo esto. A ver, el timbre, ¡hola Mercedes! ¿Cómo estás, mujer? Siempre buena moza e igual de guapa vos, ¿eh? Callate, que yo estoy hecho un viejo choto ya. Sí, disculpá la demora. Tuve que tomar un curso de supervivencia personal para llegar. Vivís lejos che. Que no, que no me quejo. Que no soy un quejoso, sólo digo lo que pienso, pero dale, era una broma nomás. Que me gusta mucho este lugar. Parece bien tranquilo. A parte, está bien alejado de la ciudad, se lo ve muy tranquilo. A la noche seguro que ves algún zorrito por la zona. Ah, liebres, bueno, más o menos a eso me refería. Che, ¿te cortaste el pelo? Te lo teñiste. Me di cuenta con sólo mirarte. Sí, hacía rato que no te veía. Es que vos viste, con el bastón se me complica un poco. La próxima vez vengo en taxi. Claro mujer, que para eso he ahorrado durante mi vida, para tomar taxis. ¿Vos viajás en colectivo? Acá tenés, dos cospeles. Pero dejá de embromar, que me vas a hacer enojar, che. Que no me costaron nada. Los encontré en la calle. Sí, de verdad, en el centro. Iba caminando y vi un reflejo. ¿Viste el papelito ése? Sí, el envoltorio, ése mismo. Bueno, algún descuidado los tiene que haber perdido y yo los agarré. No te das una idea del trabajo que fue levantar el paquetito. Vamos, los tres cospelitos. Sí, que cuando los vi, primero me fije por ahí a ver si alguien andaba con cara de haber perdido algo. Pero nada che. La gente pasaba y yo no sabía si seguir o levantarlos. Así que esperé un ratito y mientras esperaba miraba a los albañiles de la obra del frente. ¡Cómo laburan! Se pasan entre ellos los ladrillos y los baldes con mezcla de un piso al otro como quien se pasa el salero en la mesa. Ah, hablando de salero, traje facturas. ¿Qué? Ah, los cospeles. Y sí, al final tuve que apoyar el bastón contra la pared. Pero tuve que hacer un esfuerzo, que no te imaginás. Y encima con el paquete. Tenía miedo de que alguien lo pisara mientras juntaba los cospeles. No che, nadie se acercó a ver si necesitaba una mano. ¡Menos mal! A ver si me preguntaban por los cospeles. Con qué cara les decía yo que estaba levantando mis cospeles si ni siquiera eran míos. Pero bueno, como nadie los levantaba, después de un buen trabajo, me los apropié. ¿Y los lentes? No, son los mismos de siempre. Debe ser la boina, me dijeron que parezco ese actor irlandés con la boina y la barba. Ése, el que hacía de detective. ¿Cómo se llamaba, che? ¡Bond! Ah, no era detective. Era agente secreto. Bueno, que es casi la misma cosa. Sí, debe ser la memoria. Sí, vos sabés que López me dijo que tengo que comer más pescado, que es bueno para la memoria. De hecho, recién venía pensando que tengo que ir a verlo otra vez porque me está jorobano la pierna de nuevo. Pensé en la humedad pero no sé. Yo creo que son los años. Ya no hay vuelta atrás. Y hablando de pierna, mirá, traje facturas. Ah, ya te habías olvidado vos también. Se ve que no soy el único que le anda esquivando al pescado. ¿Andás ya con agua para el mate? Dale, está bien, tomá, dejá el paquetito adentro y luego nos tomamos unos matecitos. Que ya anochece. Yo cebo, está bien. Dale, apurate, traé las flores y después volvemos. Cuidado, no te apurés tanto que te vas a caer. Sí, ya sé que queda acá cerca. No es la primera vez que voy. Que sí, no te pongas mal. A ver, vení, vení. Tranquila. Seguro que sí. Ya sé que me quería. A vos también te quería mucho. Tomá mi pañuelo. ¿Y que si le gustaba el mate? No le va a gustar. ¿No te acordás? En el camioncito él se encargaba de cebarlo. Que sí, que si estuviera acá seguro que se tomaría unos verdes. Dale, me quedo a dormir. Ya es tarde. Pero vamos, traé las flores, y se las llevamos. Y volvemos. Que el viejo Raúl seguro que habría querido tomarse unos mates con nosotros.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Los Algunes

Esta es la historia de alguien. Si bien el lector atento puede llegar a reconocer este inicio del relato, el nudo y el desenlace de esta historia no tendrán semejanza alguna con la que el distinguido lector seguramente ya ha leído en alguna otra ocasión y podrá ver que un mismo inicio no siempre converge en un mismo final.

Este alguien tiene un nombre. Seguramente. Pero yo no lo conozco. Al nombre. A este alguien, sí. Pero realmente nos es prácticamente irrelevante el nombre de este alguien. Digamos que, para individualizarlo, para darle forma humana, llamaremos a este alguien por Alguien.

Alguien es un tipo normal. Tiene intereses, como cualquier otra persona. Y, también, por qué no, intereses en otra persona. Y curiosamente a esa otra persona le interesa alguien, que es, claro, Alguien. Podríamos, no puedo evitarlo, llamar a este nuevo interés de Alguien, por Alguna. Alguien y Alguna se conocieron por medio de
círculos. Eso círculos que alguna (y no Alguna) vez mencioné. Hasta hubo un futuro día de pesca.

Alguien y Alguna –de ahora en más, los Algunes, ¿vio?, para facilitar la escritura– no llegan a conocerse del todo y Alguna deja de contactar a Alguien. Alguien no comprende nada, aunque tampoco reclama algo, y la desazón lo absorbe. Y así como la desazón absorbe a Alguien, Alguien absorbe a su vez grandes cantidades de alcohol para olvidar a Alguna; sus técnicas milenarias del chamuyo y la seducción ya no le han funcionado.

Es que últimamente el pobre de Alguien anda mal de probabilidades y la dupla de la seducción y del chamuyo –amistad y química– se tuerce irremediablemente sobre la primera, que es justamente el dado que ha lanzado Alguna. Analizando un poco más el dado en profundidad (bueno, no en profundidad, pero sí viendo las caras del mismo), Alguien ha observado que sólo en una de las seis caras del cubo puede leerse la palabra "química". ¿Será que todas las Algunas usan el mismo dado? ¡Si tan sólo supiera quién es el maldito comerciante de azar que vende dados de amistad en vez de dados químicos!

Hay alguien que necesita empezar a tomar clases de casino o anotarse en el curso de croupier.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Otro más, por favor

-I-

El 3 de octubre de 1886 me encuentra acá sentado en este bar, apoyado sobre la barra, bebiendo ya sin sed. Si sumo todos los números de la fecha que acabo de recitar voy a obtener tu edad dentro de dos años.

Jefe, la cuenta por favor. No. Prefiero seguir bebiendo. El amor con controles de alcoholemia no me la pone dura, dijo alguien por ahí. Mejor le hago caso.

Acaba de entrar Miss Robinson ventilando sus enaguas y yo acá pensando. La veo de reojo.

Si sumo todos los números del 13 de octubre de 1886 voy a obtener tu edad dentro de tres años.

-II-

Miss Robinson pasó a mi lado y su perfume terminó de embriagarme. La veo de reojo esta vez con el otro ojo.

Me bajé del taburete y encaré –tambaleándome y como podía– para el servicio. Un mingitorio estaba vacío y en el de al lado meaba un lobo. Después de dos sacudidas –más de tres es paja– el lobo se fue. Yo lo saludé: “chau lobo feroz”; me dijo: “chau hombre araña”.

-III-

Volví a la barra y mi vaso estaba tal cual lo había dejado. Una borra verde, espesa pero medio transparente se había formado en el fondo del vaso. ¿Esto estaba bebiendo yo?

Levanté el vaso y miré a través de él: “todo está verde”, pensé. Y vos no estás ni verde, ni madura y tampoco estás acá, como me habías prometido que ibas a estar. Hoy voy a dejar mi disfraz colgado en otro perchero. Ahí vuelve Miss Robinson.

Si sumo todos los números del 23 de octubre de 1886 voy a obtener tu edad dentro de cuatro años.

Jefe, póngame otro más, por favor.

viernes, 30 de octubre de 2009

El estanque

Era un día común y corriente. Un día como cualquier otro. Todo estaba tranquilo. Y el estanque también.

- ¿Qué hacés Rulo? ¿Todo bien? Hace rato que no te veía por acá.
- ¡Hola flacura! Sí, todo está bien. ¿Qué contursi?

Rulo y el Flaco son amigos desde que nacieron. Tienen tantos días el uno como el otro. Hasta, creo, la misma fisonomía y comparten incluso el color de pelo. Eran lindos días aquellos. Y todo en el estanque se sucedía y todo transcurría con la misma tranquilidad y con la misma parsimonia que caracteriza el movimiento de un caracol que se mueve en cualquier plano posible.

- Nada che, lo de siempre, ¿viste? Una pileta hoy por la mañana y ya voy por la cuarta.
- Ah, sí, veo que seguís con el entrenamiento exhaustivo. Yo en cambio, poco y nada. Un poco de pecho y ahora algo de espalda, pero a un ritmo muy tranquilo. No tengo ganas de estresarme.

Al Flaco le gustaba mantenerse en estado. El Rulo, bueno, lo de siempre. Un poco más rezagado. De repente, lo inesperado:

- ¿Y eso? ¿Qué es ese temblor? ¿Por qué tanto movimiento?
- No lo sé Flaco, nunca había visto ni sentido algo así. ¡¿Qué carajo es esto?!

Todo empezó a moverse. Todo se avivaba. Y el estanque que siempre estuvo calmo –aunque a veces experimentaba ciertas nimias agitaciones– se enfureció de repente como se enfurece Neptuno y todo era caos y todo era un solo movimiento brusco.

El espejo del estanque se quebró en mil pedazos y cada filo de cada polígono especular se encorvó generando olas que taparon a los dos amigos. Las olas, no obstante, respondían a un movimiento armónico simple, y si bien su frecuencia era alta y constante, lo peligroso era en realidad la amplitud de tal movimiento, lo que provocaba que las olas golpearan con fiereza.

El tiempo pasaba y el movimiento se aceleró. La frecuencia aumentó y los amigos fueron separados por la violencia del entorno. De nada sirvieron los gritos ni los intentos desesperados para encontrarse. Ya todo parecía estar perdido. Y si bien se veían, no podían alcanzarse ni oírse. Y entonces, así, como si nada, de un momento a otro, dejaron el estanque que alguna vez los acogió calurosamente, y de esta forma, terminaron pegados en la cortina que cubría la ventana que daba a la avenida.

martes, 27 de octubre de 2009

Interesante ...

Ok, sé que no tiene mucho que ver con literatura, pero al igual que el sartenazo anterior, podría ayudar -a la larga- a un oso polar ...

http://www.hoy.es/20090924/sociedad/orinar-ducha-ahorra-litros-20090924.html

Salud!

lunes, 26 de octubre de 2009

Dos tormentas

Eran las siete y media de la tarde, y como cualquier otro día laboral, dejé la oficina. Ni bien me monté sobre la acera, me acordé de esa canción que cantaba o cantó alguna vez John Fogerty que habla de la calma que antecede a la tormenta. El aire estaba rancio y espeso y el cielo entre claro y rosado. ¿La calma? La calma se cortaba con cuchillo.

Así fue entonces que dejé la oficina y comencé el camino a casa. Por suerte, vivo a pocos metros del trabajo y entonces, como siempre, regresé mirando –como en una repetida imagen en mi cabeza– las baldosas de la acera, tratando de evitar pisar en el movimiento de traslación de mi cuerpo las juntas de las mismas. Cualquier persona que me hubiese visto saltando de baldosa en baldosa evitando pisar las juntas, seguramente se habría acordado del temeroso y paranoico Jack. Yo, en cambio, me acordaba de los momentos de soledad de mi infancia.

Llené la pava de agua y puse la pava al fuego. La calle, de repente, se iluminó con una enceguecedora luz incandescente. Comencé a chupar mate y el viento empezó a seducir con sus caricias a las coquetas cortinas que se movían encantadas como la arábica alfombra mágica. Yo seguía con mi mate, Sabina le cantaba a una puta en la radio y Zeus incitaba e irritaba al viento y a la lluvia para que hicieran de las suyas.

El viento fresco me despeinaba, y la lluvia mojaba todo lo que se encontraba debajo de su falda, cuando súbitamente otra tormenta explotó dentro de mí: fue entonces que me acordé de los huevos fritos con jamón del medio día. Imaginé tal vez que la dieta mediterránea aparentemente se vio influenciada por el ya no tan caliente mate –más bien lavado– y éste, imagino, estimuló de alguna forma negativa a los pobres huevos y al elegante jamón. No tuve tiempo de nada, ni siquiera de terminar de lavar el mate. Aguanté la respiración mientras una gota de sudor frío dibujaba el perfil de mi nariz, junté las piernas a la altura de las rodillas, y corriendo como podía –asemejándome a un pingüino que se escapa de un cazador ilegal– y tratando a mi vez de que no se me cayera nada en el camino, enfilé mi cuerpo hacia donde se encuentra el asiento de lo intangible, dejando a Zeus jugando al viejito con la lluvia y con el viento malnacido.

Como siempre sucede en estos casos, el apoya cantos estaba frío como la muerte y al sentarme sobre él, un impulso eléctrico recorrió toda mi espalda. Zeus, por su lado, seguía jugando al viejito con el viento y la lluvia y la lluvia misma ya había perdido dos veces seguidas en el juego. Yo, por mi lado, seguía peleando y estremeciéndome por los estruendos que producían no Zeus y sus amigos, sino lo que iba quedando de los pobres huevos y de su excelente jamón.

Un par de jarrones se rompieron en la sala: lo intuí por el ruido envolvente que llegó desde el living. Entendí que Zeus y sus secuaces ya habían invadido mi morada entrando sin invitación por la ventana abierta que custodiaban con desgano las coquetas cortinas. La violencia del juego que llevaban a cabo estaba arrasando con todo lo que encontraban a su paso. Loco que parezca, esa destrucción no me importaba demasiado, puesto que, a la hora de priorizar problemas, ya había encontrado otro más urgente: la falta del papel que higieniza las vergüenzas.

Como un ciego en un rosedal iba tanteando lo que podía y como podía, ya que, a ese entonces, Zeus se había encargado de hacer saltar las llaves térmicas del departamento. Buscaba desesperadamente algo con que desvergonzarme pero no daba en el blanco, visto que todo estaba negro y oscuro. Estaba parado aunque con las piernas un tanto flexionadas hacia delante, dobladas de alguna forma sobre las rodillas y la retaguardia con cierta elevación. Solamente atiné a meter como un contorsionista mi mano derecha en el bolsillo izquierdo de mi pantalón –con la mano izquierda me sostenía del toallero; mi bolsillo derecho hace años que no lo uso: tiene un hueco que todos los viernes me prometo arreglar–. Para mi sorpresa encontré algo que, dada su textura, se asemejaba a un billete. Claro que no era capaz de distinguir su valor en términos económicos, pero como bien reza el refrán, donde faltan los tuertos, el ciego es reina –o algo parecido– y, dada la coyuntura, poco me importó que el prócer fuera el que arregla el calefón o el más importante letrado de la Biblia: a esa altura de las circunstancias la vergüenza se solidificaba y urgía una acción de limpieza inmediata.

viernes, 23 de octubre de 2009

Sartenazo ... (creo)

http://www.youtube.com/watch?v=VanOsbkNlIU

jueves, 15 de octubre de 2009

El jardín

El enano respira, te mira, sonríe
y enchufa el enchufe de la radio en la pared.

El electrón se mueve por el cable,
atraviesa el enchufe, excita la radio
y mueve las torpes piernas del enano del jardín.

La enana se acerca, se aleja, le guiña un ojo
y balancea su cartera con frenesí.

El enano la mira, se acerca, se sonroja
y Bob Dylan cantaba Blowin’ in the wind.

El titiritero los mira, espía, sonríe
y desenchufa el sol del 27 de otoño de ese abril.

Su gordini y nosotros

El gordini escupía humo blanco por el escape. Y eso que nadie -todavía- había gritado habemus papam. En el cónclave gordiniano dos personajes eran llevados por el gordini de un lado para el otro, zigzagueando, como podía, entre los conos de la calle, los baches, las intrépidas viejecitas y hasta los puestos de promoción de una reconocida marca de preservativos y sus correspondientes promotoras.

Teníamos que llegar a tiempo para el trabajo y Augustus me había prometido que si lo ayudaba él iba a pagar lo criollos y el mate, pero, por sobre toda las cosas, los niños iban a quedar muy agradecidos con nuestra labor. Yo pensaba en realidad en otras dos cosas diferentes: en si el gordini iba a llegar a destino en tiempo y forma y en el contenido de los trajecitos sugerentes que vestían a las promotoras.

Finalmente, el trabajo a realizar fue realizado. Los niños -imaginaba y comentaba- deberían estar orgullosos de nosotros por haber hecho algo que en realidad no nos correspondía. Augustus replicaba agradecido que los orgullosos deberíamos ser nosotros por la labor hecha y agregó que la felicidad, hermano, es incompleta. Yo le retrucaba diciendo que el gobierno siempre canta envido con un cuatro de copas. El hecho es que terminamos el trabajo como se debía, y ahí, otra vez, arriba del gordini nos montamos para retornar al punto de partida.

Luego de tanto pensar -y eso que no creo en el destino ni me considero supersticioso-, una vez ya en movimiento y sobre la ruta, el bólido detuvo su marcha. Así nomás. Así, a secas. Pensé para mis adentros que era culpa mía, por haber pensado tan mal sobre él. Lo veía como una especia de quejosa venganza, pero no. Esta vez las fuerzas de la física y de la mecánica conspiraron contra el pulmón deteriorado de la pobre bestia prehistórica. Augustus, sorprendido e incrédulo, intentó varias veces ejecutar un electro-shock con la llave, pero el burro no nos daba ni la hora.

Fue entonces que intentamos desempolvar un poco nuestras neuronas ávidas de conocimiento técnico y Augustus sugirió que empujáramos el bólido para engañar así al burro haragán. ¡Eureka!, gritamos despavoridos. El gordini empezó otra vez a escupir humo blanco por su escape y su ronquido que asemejaba a una garganta trasnochadora nos dio la pauta de que todavía quería seguir transitando por las agrietadas calles cordobesas.

Sin embargo, el bólido no pudo sostener su estructura por mucho tiempo más. El humo blanco que a priori inundaba la atmósfera a través de su caño de escape empezó a rellenar ésta vez su corazón y nosotros empezamos a asfixiarnos con su espesura gaussiana. Frenando rápidamente casi sobre la acera, detuvimos el gordini y descendimos del mismo asustados por el humo que inundaba la cabina. Aludiendo, una vez más, a nuestros reconocidos conocimientos técnicos, empezamos a elucubrar las más locas y disparatadas posibles problemáticas que pudieran darnos alguna pista del porqué de lo sucedido para solventar el enmudecimiento del gordini.

Curiosamente, y para nuestra sorpresa mientras teorizábamos sobre la problemática, vimos que detuvimos el bólido a unos pasos de los puestos de promoción de preservativos. Las chicas -eran tres-, que los repartían bajo el eslogan de 'muera sin descendencia, pero muera con conciencia', nos observaban atónitas. Al girar mi cabeza y comprobar que nos miraban de esa manera, imaginé de repente que imaginaron que vieron a dos locos desesperados agitando los brazos -casi como marionetas guiadas por un titiritero primerizo- que se ahogaban adentro de una pecera con forma de gordini.

El gordini ya no escupía ni vomitaba humo blanco. Augustus quitó el contacto eléctrico y el pobre quedó mudo y sin vida. Las chicas nos miraban y nosotros mirábamos al gordini. Las teorías sobre electricidad y mecánica del automotor iban y venían así como la mirada de las chicas, que nos desconcertaba y hacía más difícil nuestro razonamiento. No obstante, nuestra investigación fue fructífera. Aparecieron cables en alto estado de temperatura y ya empezamos a intuir por dónde iban los tiros. Aún así, las miradas eran insistentes pero nuestro objetivo era también claro: no teníamos tiempo para otra cosa que no fuera revivir al gordini.

Augustus recurrió a su nimia caja de herramientas de donde obtuvo un trozo de cable de velador de dormitorio y un alicate quasi oxidado. Haciendo uso de sus aceitadas muñecas empezó por una punta del cable, desmembrándolo sólo un poco, hasta obtener y ver su corazón de cobre. Luego, la otra punta. Así, procedió al cambio del elemento identificado como el culpable de dañar las vías respiratorias del gordini. Yo, por mi parte ayudaba a iluminar la oscura realidad con la luz proporcionada por las diminutas pantallitas de dos teléfonos celulares que hacían las veces de linternas. Menos mal que tenían sus sendas baterías a plena carga. Fue un digno trabajo de equipo. Encontramos un problema. Pensamos una solución y pusimos manos a las obras. Trabajo perfecto. El gordini volvió a respirar.

Una vez ubicados dentro de la cabina del gordini, Augustus le dio un nuevo golpe eléctrico y empezó otra vez a toser y a escupir humo blanco por su escape. Sin embargo había algo que faltaba. Giré mi cabeza, buscando una mirada cómplice y sólo encontré vacío. Miré a Augustus buscando una respuesta y nada dijo. No entendía nada. Miré para afuera de nuevo. Nada. Media hora atrás, tres chicas nos miraban y nosotros les mostrábamos nuestras espaldas tratando de revivir al gordini. Ahora el gordini respira y mueve la cola como un perro contento, pero no hay chicas. 'Será que sólo hay vida en cantidades finitas', pensé. 'O es uno, o es otro', trataba de razonar. 'Si fuera así, entonces... el gordini... No, no tiene sentido'. 'La física y la mecánica priman sobre cualquier otro tipo de teorías', es lo que me habían enseñado. Pero no tuve tiempo de seguir pensando. Augustus puso primera, y luego de una bocanada blanca, el gordini se perdió por la avenida.

lunes, 5 de octubre de 2009

Día de pescador

Esta es la historia de un hombre. De un hombre con hache mayúscula. De un hombre con hambre. De un hombre común. Aunque también podría arriesgarme un poco más y caminar por el elástico urgente, infinito y tenso y sugerir que es a su vez la historia de una mujer. De una mujer como cualquier otra. De una mujer en busca de un hombre. O de un hombre con hambre de mujer.

Hombre y mujer tienen sus círculos primarios y secundarios. No dibujados por compases. Son círculos irregulares, deformes, cuadrados, y por lo tanto, tal vez, círculos sociales. Círculos de amigos. De conocidos. De desconocidos. Y así como los conjuntos de Venn, sus círculos se entrecruzan generando áreas comunes a ambos. Y así, otra vez, como Venn lo pensó en algún momento, nosotros también lo pensamos ahora y creemos que es posible que este hombre y esta mujer puedan llegar a conocerse a través de alguna intersección, alguna grieta; grieta de Venn.

Hombre y Mujer (y ahora los escribo con mayúscula para darles importancia, para rescatarlos de la masa colectiva y uniforme de hombres y mujeres) caen dentro de esta grieta. Y se ven. Y se observan. Y como un pezón atrae a un par de labios, y viceversa, estos dos se aproximan y se hablan. Se mienten blancamente –vaso en mano– haciendo uso de las milenarias técnicas de la seducción y del chamuyo. Hasta que pez y anzuelo se juntan y la boya se hunde en el agua cristalina y la tanza se tensa aún un poco más durante el rato que dura el intercambio de datos personales que obligará, ¡ojalá loco!, a un futuro día de pesca.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Sin batería

(Lucas Aimaretto; 19 de diciembre de 2008)

Y un día se apagó. Tenía muchos amigos, y cada uno en particular tenía un espacio guardado celosamente dentro de su memoria. No dentro de su memoria infinita. Pero dentro de su memoria limitada. Claro, volver a tener amigos fue tan simple como recargar la memoria limitada. Y así, ese alguien –que para darle forma humana podemos llamarlo, por ejemplo, Alguien– volvió a tener amigos.

Alguien, cada cierto tiempo, perdía a todos sus amigos. No porque fuera descuidado y los descuidara. No. Simplemente el pobre Alguien se quedaba sin memoria limitada. Pero, vamos, que era simple volver a tener amigos. Sólo bastaba con poner nuevamente en funcionamiento la memoria limitada que cuidaba y recordaba sigilosamente a cada uno sus amigos.

Pero un día, Alguien, que como de costumbre se había vuelto a quedar sin amigos, intentó recuperarlos bajo la ejecución del método tradicional hasta entonces empleado. Y ahí sí que se las vio fieras. La batería que daba de comer a la memoria limitada no chupaba electrones. Y mirá que la había conectado a la pared y bien, ¿eh? No es que Alguien fuese demasiado estúpido como para no saber cómo conectar una batería. No. Estúpido no era. Lo que en realidad sucedió fue que los electrones que daban de comer a la batería se habían cansado de trabajar. Y así, sin memoria limitada, Alguien ya no supo cómo ni dónde ubicar a sus amigos y se quedó solo.

¡Me he quedado sin amigos!, sollozaba Alguien con los ojos brillantes por las lágrimas a punto de emerger y con sus pupilas dilatadas y vacías. Todo por culpa de unos electrones que se habían cansado de trabajar, pensaba Alguien. Como si no ganaran bien, ¡hijos de puta!, gritaba Alguien desesperado. Pero el que Alguien se quedara sin amigos no era culpa de que los electrones se cansaran de trabajar. Era culpa de los Alguien. De todos los Alguien. Y todos esos Alguien que andan dispersos por ahí, día a día restringen sus infinitas memorias y las limitan a la limitada capacidad de la memoria de bolsillo. Y si bien esto es un cuento que intenta asustar (sólo para tranquilizar a los lectores, Alguien recuperó a sus amigos) los pero existen. Y un día, este pero se va a hacer realidad, y los electrones, sin pero, se van a cansar de trabajar.